Cuando una madre o un padre quieren que la hija o el hijo sea su “amigo”.
Aquí en el orden sistémico, padres e hijos no son iguales. No caminan al mismo nivel, ni tienen la misma responsabilidad emocional.
El padre da, el hijo recibe.
El padre sostiene, el hijo se apoya.
Cuando una madre o un padre busca al hijo como amigo, algo del orden se altera. Algo puede estar pasando en el adulto, muchas veces, sin mala intención puede haber: soledad no resuelta; carencia afectiva; pareja ausente o no disponible; heridas propias de la infancia o necesidad de ser visto, comprendido o acompañado.
Entonces inconscientemente el adulto dice: “ven, acompáñame donde yo estoy solo”.
Sin embargo, ese lugar NO le corresponde al hijo.
Y te puedes preguntar: ¿qué le pasa al hijo cuando ocupa ese lugar?.
El hijo, por AMOR y lealtad, suele aceptar, sin embargo ¿que creen? paga un precio y pueden aparecer confusión de roles; exceso de responsabilidad emocional; culpa al poner límites; dificultad para vivir su propia infancia o juventud o sensación de “tener que cuidar” a la madre o al padre.
Sistémicamente el hijo o la hija piensan: “si me voy te dejo sola o solo”.
¿Y qué puede pasar entonces?. No se le permite crecer del todo; no se le permite irse; no se le permite ser libre o siente mucha carga y se va antes.
Que quede claro, los hijos no son confidentes, no son pareja, no son terapeutas, no son sostén emocional de los padres. Aunque haya cariño, confianza o cercanía, el rol no se cruza. Porque cuando el hijo se pone al mismo nivel que el adulto pierde fuerza, pierde dirección y pierde permiso interno para ser pequeño.
Algo que mencionar: ser cercano no es lo mismo que ser amigo. Puede haber diálogo,; afecto; escucha; humor y confianza… sin perder el lugar. La jerarquía no quita amor; la jerarquía protege.
Cuando hay orden el hijo descansa, el padre recupera su fuerza, la relación se vuelve más liviana, el AMOR puede fluir sin cargas ocultas.
Bien, miremos este punto con profundidad, cuando la hija o el hijo ya son adultos y siguen ocupando consciente o inconscientemente el lugar de amiga o amigo, confidente o sostén emocional de la madre o del padre.
Desde las Constelaciones Familiares cuando el hijo o la hija adulta siguen siendo “el amigo” o “la amiga” de uno de los padres, aunque el cuerpo ya creció, el lugar interno muchas veces sigue siendo el del niño que cuida.
Y eso puede verse en frases internas: “si no estoy, se derrumba”; “nadie la/lo entiende como yo” o “no puedo soltarla/lo” esto no nace del ego, nace de la lealtad y frecuentemente puede aparecer dificultad para elegir pareja o sostener relaciones, vínculos donde ella cuida más de lo que recibe, cansancio emocional crónico, culpa al poner límites, sensación de no poder irse del todo.
Sistémicamente, el hijo está mirando hacia otra parte, cuando ya debería estar mirando hacia su propia vida. Aunque sea adulto, el hijo no es el compañero emocional de la madre ni del padre.
Ese lugar pertenece a la pareja, y si no hay pareja, a la propia vida del adulto, nunca al hijo.
Cuando el adulto se apoya emocionalmente en el hijo adulto: evita mirar su propia soledad; evita duelos no resueltos; se debilita como grande o sin querer retiene o ata al hijo.
No es por maldad, es por carencia. Poner límites no es abandono, es devolverle al otro su lugar como adulto.
Cuando el hijo se retira de un lugar que no le corresponde, el padre tiene la oportunidad de crecer.
Te comparto una frase para la hija o hijo adultos:
“Mamá/Papá, te quiero, tú eres el grande y yo soy tu hija/o. Te dejo lo tuyo y tomo mi vida”.
Y otra...
“Gracias por la vida, ahora la vivo a mi manera”.
Cuando se restablece el orden, la hija o el hijo sienten más fuerza y se sienten livianos, la culpa disminuye, aparece más claridad para elegir pareja y trabajo.
El amor se vuelve limpio, sin deuda.
Siempre con amor, respeto y gratitud.
Yo mera Sofia Mendoza |Terapeuta Sistemica Familiar.