Hay una frase que, en el trabajo de Constelaciones Familiares, aparece con frecuencia: “Este hijo/a es mío/mía”.
A veces se dice en voz alta, muchas otras solo se vive, se actúa, se respira en la forma en que una madre se relaciona con su hijo o hija. Y aunque nace de un amor real, cuando ese amor se vuelve exclusivo y excluyente, deja de nutrir y empieza a enredar.
El origen del pensamiento “es mío”
Ningún hijo llega al mundo perteneciendo solo a un padre. Cada persona es fruto de dos linajes, de dos sistemas familiares completos, con su historia, sus pérdidas, sus fuerzas y sus heridas.
Cuando una madre, muchas veces sin ser consciente de ello, siente y actúa como si el hijo fuera exclusivamente suyo, está desconectando a esa criatura de una parte esencial de sí misma: su padre, la familia paterna, y todo lo que de ahí proviene.
Este pensamiento suele tener raíces profundas: una relación de pareja rota o dolorosa, un padre ausente o rechazado, una madre que fue abandonada o traicionada, una madre que también fue separada de su padre a temprana edad, un embarazo no acompañado, o incluso patrones heredados de generaciones anteriores donde las mujeres criaron solas y aprendieron que “los hijos son de una”.
No es un juicio hacia la madre: es una mirada compasiva hacia una herida que busca protegerse.
Lo que Bert Hellinger nos enseña sobre los “órdenes del amor”
En las Constelaciones Familiares, uno de los principios es que cada miembro del sistema tiene el mismo derecho a pertenecer, incluido el padre, esté presente, ausente, o incluso si ha sido excluido por decisión de la madre.
Cuando una madre ocupa consciente o inconscientemente el lugar del padre, o lo desplaza de su función, el hijo queda atrapado en una lealtad: amar a la madre puede sentirse como traicionar al padre, y viceversa.
Esto suele manifestarse en el hijo como:
• Dificultad para independizarse emocionalmente de la madre en la vida adulta.
• Sentimientos de culpa al formar su propia pareja o familia.
• Rol de “compañero emocional” o confidente de la madre, en lugar de hijo.
• Dificultad para encontrar su propio lugar, su propia identidad.
• Repetición del patrón: relaciones de pareja rotas, dificultad para dejar ir a sus propios hijos.
Una de las frases en mis talleres es que el hijo no pertenece a la madre ni al padre: pertenece a la vida, y lleva ambos linajes.
Cuando la madre puede honrar también al padre, aunque haya dolor, distancia o ausencia algo se ordena en el sistema.
El hijo puede, por fin, tomar completamente a sus dos padres, y con ellos, toda la fuerza que ambos representan. Esto no significa justificar comportamientos del padre, ni negar el dolor vivido. Significa separar el nivel humano del nivel sistémico: se puede reconocer el daño y, al mismo tiempo, devolverle al padre su lugar como origen de la vida del hijo.
“Un hijo que puede tomar a sus dos padres, camina completo por la vida” 🌿✨🌱💫❤️
En sesión, este tipo de dinámica puede revelarse con claridad: representantes que sienten un vínculo asfixiante entre madre e hijo, un padre que aparece distante, pequeño o inexistente en el campo, o un hijo que no logra “mirar hacia adelante” porque está mirando constantemente hacia la madre. El movimiento sanador casi siempre pasa por frases sistémicas como:
“Te dejo con tu padre. Él también es tuyo”.
“Yo soy solo tu madre. Tú decides qué haces con tu vida”.
“Te devuelvo el lugar de tu padre en tu corazón”.
Frases simples, sin embargo dichas desde el cuerpo y no solo desde la mente pueden liberar generaciones.
Si te reconoces en esta dinámica, como madre o como hija o hijo, quiero decirte algo con cariño y respeto: no se trata de culpa, se trata de conciencia.
El sistema familiar tiene una sabiduría propia, y cuando le devolvemos a cada quien su lugar, el amor puede finalmente fluir sin condiciones.
Siempre con amor, respeto y gratitud
Cuando miramos con amor, la paz encuentra su lugar.💫
Sofia Mendoza |Terapeuta Sistemica Familiar
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